compartiendo experiencias...
Nacida en 1946 en una pequeña población de Algarve que no será fácil encontrar en todos los mapas, esta voz del "lirismo rebelde"2 se ha impuesto en un país, todavía muy marcado por gruesos trazos de machismo, a lo largo de una obra extensa -son ya diez sus novelas de gran aliento- de enorme coherencia, "exigente, trabajada, a veces difícil, pero siempre llena de sentido"3 y jalonada por su vivencia como testigo de las guerras coloniales en Angola y Mozambique, donde vivió varios años y en diferentes épocas como profesora, lo cual le permitió igualmente sentir la experiencia de la vida de emigrante. Ambas circunstancias se puedan palpar en algunos de sus libros, particularmente en La costa de los murmullos, para varios críticos su obra más lograda, y en El fugitivo que dibujaba pájaros. La primera se centra en la tragedia de la guerra en Mozambique y la segunda, en la destrucción y decadencia de la familia, una vez más. A propósito de esta última, una historia ligada al drama de la emigración -como dato curioso regístrese que Venezuela aparece mencionada, otra vez, como destino de muchos portugueses-, la autora afirmaría que lo que más le interesaba de la emigración era "el encuentro con el otro, y los profundos cambios que todo ello desencadena"4.
Escritora comprometida a su manera, a menudo políticamente incorrecta especialmente cuando presta su voz a las mujeres que no pueden tener una propia, que confiesa tener como libros de cabecera a Orlando, de Woolf, Mamma Marcia, de Malaparte, y Nada, de Laforet, y que no pretende hacer novela histórica sino "sólo asistir a las devastaciones que obra el paso del tiempo", Lídia Jorge nació en una humilde familia de campesinos ciertamente especiales, lo cual no debe ser ajeno a su sensibilidad para captar y recrear aun las más pequeñas emociones y sentimientos. En un país que históricamente no se ha caracterizado por ser un gran lector, heredó de un tata muy lejano un baúl de libros condenados al fuego por la viuda de éste y que se salvaron de las llamas gracias a una abuela que, siendo niña y habiendo aprendido a leer con su padre -antes la mujeres no iban a la escuela, anota Jorge-, los conservó durante cincuenta años, hasta que cayeron finalmente en manos de Jorge para terminar como sus compañeros de infancia. Eran libros de adultos, y aunque digeridos parcialmente como no podría ser de otra manera, la llevaron a escribir para "poner orden en ese caos" y "dar finales felices a las historias". Un comienzo rosa, admite, pero el primer paso en la aventura del alma humana, que más tarde le llevaría a definir su opción por la literatura como "el camino más profundo, más serio de mi vida".