Gijón

historias e histerias

La vida es un cuento por escribir......

Por los siglos de los siglos

20/06/2008

Por los siglos de los siglos

Cuando emprendí el regreso, pensé un instante en ti; deseaba verte de nuevo, mi mas leal amigo, sabia que tu esperarías el tiempo necesario para verme, sin impacientarte, con la calma que te empapa desde tiempo inmemorial. Así que, al llegar a mi destino, me tomé un buen rato para saludar a la familia, recorrer los rincones, deshacer la maleta, mirar por la ventana el perfil de la Peña y llenarme de los olores cotidianos de la casa paterna.
El anochecer de mi llegada disfrute de la velada familiar, tan especial como infrecuente; había muchas novedades que contar, anécdotas y risas que compartir. Y me dormí, tarde ya, entre las sábanas de hilo de mi madre, en el colchón de lana mullida de mi habitación de niña, donde descubrí, con secreta satisfacción, colgados los cuadros que un día lejano pinté con la mano inexperta del novato y que, no sé bien por que extraña fidelidad materna, aún no habían tomado rumbo al olvido del trastero.
Dormí largo y tendido pues nadie tuvo la osadía de despertarme en la mañana, sospecho que por una compasión mal entendida hacia la hija pródiga recuperada y, cuando finalmente abrí los ojos, me quedé quieta escuchando el susurro de los pasos, el cacharrear de mi madre en la cocina y el tic-tac del reloj de pared del pasillo.
Olía a casa ventilada por el fresco de la mañana, a verano, a pan caliente recién traído de la panadería, a café, olía a paz cotidiana, a mi casa, a mi gente.
Todos disculparon mi pereza, “claro, el viaje ha sido largo”, argumentaba mi madre ofreciéndome un café con leche, “estabas agotada” justificaba.
Al poco rato ya tenia una tarea encomendada, la de pinche de cocina¡ Qué mejor sitio para confidencias que limpiando una lechuga! Entre hoja y hoja desgrané algo mas de mis glorias y miserias, pues nunca hay argumentos suficientes para satisfacer la curiosidad de una madre.
Hubo de llegar el atardecer para acordarme de ti nuevamente; mejor dicho, la tormenta de verano del atardecer. El cielo se torno plomizo y al poco de guarnecernos en casa, comenzaron los rayos, los imponentes truenos, y un aguacero intenso que se transformó en un granizo furioso, cayendo a latigazos, rompiendo con su fuerza las uvas de la parra, quebrando los gladiolos, rebotando en los cristales. Todo él estridente, como gritando: ¡Soy poderoso, puedo destruir cosechas, vidas, haciendas! Me sentí pequeña e indefensa y recordé la oración a Santa Bárbara que recitaba la abuela en las tormentas, el amuleto al que me aferraba de niña en un intento de acallar el miedo.
De pronto, el cielo se iluminó con mas fuerza que antes.
¡Menudo rayo! Exclamó mi padre, ese ha caído cerca, en el Cierro.
Entonces tu viniste a mis recuerdos.
“ El Cierro, madre mía, ¿te habrá pasado algo?”Pensé intranquila.
Ya no me despegue del cristal hasta que cesó la lluvia, me sentía preocupada. Los canalones, incapaces para recoger tanta agua y granizo, gorgoteaban intentando tragar, empachados; la calleja parecía ahora el escenario de una pequeña batalla: enormes charcos, barro, restos de granizo, plantas rotas.
“La tormenta se aleja hacia el norte”, dijo mi hermano.
No tuve que pensarlo dos veces, busqué botas de agua, una chaqueta y el paraguas.. tenia que ir al Cierro, te lo debía.
Salí discretamente por la puerta de atrás, iba con prisa, recorrí la calleja sorteando charcos y pringándome de barro como niña chica. Salí al camino grande, cien pasos mas y por fin el Cierro y sus robles, cientos de robles gruesos y orondos, vetustos, curtidos, envolviendo el pueblo entre sus raíces; caminé entre ellos, silenciosa, respetuosamente, encontrando finalmente al herido por el rayo; tenia una rama quebrada, olía a chamusquina y un surco profundo y negro en el tallo; el agua y el granizo habían sofocado el pequeño incendio y restañado las heridas.
“Otra batalla ganada”, pensé acariciándolo...... “Al menos no eras tu”dije al aire sabiendo que me oirías.
Cuando por fin te vi, a lo lejos, me pareciste altivo e imponente; Más verdes y largos tus ramajes, encontré mas arrugas en tu corteza, y te saludé diciéndote:
“Sigues creciendo abuelete”, al tiempo que me nacía una carcajada de felicidad.
Al posar mis manos sobre ti, te sentí empapado y aún así cálido, como siempre. Entonces me aferré a tu tronco:
“Nunca seré tan grande como para abarcarte”, te dije, y apoyando mi frente en tu áspera piel comencé a relatarte los pasos de mi vida, uno a uno; las lágrimas y risas que tejí en los días de ausencia, las gentes que se cruzaron en mi senda; te conté esperanzas y desilusiones, proyectos y sueños.
Tu como siempre, desde que me nacen los recuerdos, me escuchaste con la calma imperturbable de tu sabia.
(Dedicado al hermoso bosque de robles que rodea mi pueblo)

http://gijon.cuadernosciudadanos.net/gatomiko/2008/06/20/por-los-siglos-de-los-siglos/
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